Recuerdo que antes, años atrás, escribia como un poseso. Sucedia cada vez despues de una cita, regresaba y me quedaba hasta altas horas de la noche en un intento por plasmar ese maremagnun de emociones que me embargaban. Y debo decir que lo primero que me salia era lo que más me gustaba: así, los textos sin apenas corregir, sin cursilerias, ni academicismos, pero que tenian todo el nervio de lo vivido.
Uno que otro relato nacio de aquella etapa. Eran la tristeza y la frustración de no poder gritar esto. Eran crónicas sobre amores imposibles, fijaciones platonicas o enrevesados flirts con gays que sólo buscaban sexo envuelto en papel del color del amor. Entonces parecia que el dolor era el mejor desencandenante de los escritos que más me gustaban. Llegué a tener un diario personal, con las anotaciones mínimas, con el día a día. Y todo lo vivido parecia terminar siempre con la misma conclusión: es díficil, sino imposible, encontrar pareja siendo gay.
Hasta que llego él. En una combi, en una D, que tome en Wilson rumbo a la av. Angamos. Ni bien subi, lo vi y mi intuición me decia que, en efecto, era él. Yo que raras veces aconsejaba ser muy “lanza”, lo fui entonces. Habia el riesgo de que mi gaydar fallara, de que él fuera heterosexual y entonces me mandará a la m…, pero felizmente acerté. Y desde entonces, la vida es una mezcla de felicidad y rutina, con sus inevitables altas y bajas; e incluso nos separamos durante un par de años. No es la pareja que imaginaba en mi etapa adolescente, cual principe azul, pero sin lugar a dudas, es quién deseo ver a mi lado cada mañana al despertar. Y no me importa mucho que no guste de mi música de los ochenta ni que sea tan cinefilo como yo o, que a veces, sea un poquito sordo. Como decia: han pasado varios años y no he vuelto a escribir.
El hecho es que ayer, estuve intentando escribir un relato, y a mi lado estaba él, animandome a hacerlo, pero no, no pude. Preferí sentarme en el sillón y comencé a leer el periodico y fue entonces que al ver mi desgano, él comenzo a regañarme, diciendome que debia aprovechar mejor el tiempo, ordenando mi laberíntica habitación, por ejemplo. Sonreí. Quizá la vida cotidiana no me inspire escribir, como antes, pero -la verdad- ya no me molesta.